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   Ebook: Es Hora de Hablar del Duelo   

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                                                      Introducción

La vida transcurre con todos sus condimentos hasta que, en algún momento, acaece la muerte. Entonces, el impacto y la confusión. El piso desaparece; el cuerpo se vuelve jaula vacía; el tiempo se rige por relojes extraños, ajenos, inasibles. Mientras tanto la cotidianidad, implacable, irrumpe, estorba, continúa. Y aunque se despliegue la más intensa acción y se cubran todos los espacios, aunque no quede ningún resquicio libre que tiente al encuentro con la pena, o así se instale la más honda tristeza y la existencia se vuelva puro llanto, pura angustia, pura parálisis, es hora de hablar del duelo.

Ante el dolor surgen preguntas: ¿por qué?, ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora? La pregunta que suele demorarse es: ¿por qué no? Dilucidar respuestas puede ser un enorme esfuerzo, inútil. Más allá de supuestas inferencias, el asunto es qué se hace con aquellas situaciones que deja la muerte, que plantean la vida.

Es hora de hablar del duelo.

Nuestra cultura occidental evita la muerte: los cementerios son parques; los velatorios, salas; la ausencia, un viaje. Evitar la muerte es negar un aspecto de la vida. También por eso: es hora de hablar del duelo.

En 1978, comencé el camino como psicoanalista de niños. Luego de un lustro de trabajo, en 1983, cursé durante cuatro años la escuela de Psicoterapia para Graduados. Después de terminar ese ciclo, habiendo ya sistematizado mis conocimientos psicoanalíticos, descubrí que la búsqueda aún continuaba viva, latente, inexorable.

El trabajo con niños me enseñó la importancia de abordar la familia. Entonces comencé la formación en Terapia Familiar Sistémica. En 1994, viajé al Mental Research Institute, en Palo Alto, California, Estados Unidos. Allí hice el Curso de Terapia Breve y conocí a Paul Watzlawick. Se abrió una nueva y fructífera etapa como psicoterapeuta.

En 1997, y durante un año y medio, en la Comunidad Bet El, gracias al apoyo del rabino Mario Rojzman y a su confianza en nuestra experiencia profesional, junto a la licenciada Silvia Alper, hicimos la investigación que se llamó Proyecto Ezrah. Entrevistamos a un importante número de viudas que atravesaban procesos de duelo y a sus familias. A partir de esa información, diseñamos un modelo de abordaje del duelo, individual y grupal.

Luego la investigación se amplió a otro tipo de pérdidas. Fue un ciclo de seis años de trabajo conjunto, muy enriquecedor, que terminó a fines de 2002.

En marzo de 2003, en Buenos Aires, nació Duelum, Centro de Recuperación Emocional de la Pérdida. Lo fundé con dos objetivos precisos: ofrecer un camino hacia una recuperación saludable que permita crecer desde la profunda desazón del duelo a la construcción de un nuevo proyecto de vida. Y también proponer formación específica a aquellos profesionales que deciden asistir a personas en duelo.

Alguien sufre una pérdida significativa, siente que su mundo se derrumbó y sólo puede sufrir por su pena.

Quien vive semejante situación no está en condiciones emocionales de escuchar alientos tales como "De aquí vas a salir fortalecido" o "A pesar de tu tristeza, este dolor te puede ayudar a crecer". Decirle eso a quien está con sus heridas abiertas resulta, como mínimo, irrespetuoso. Aunque parezca una verdad de Perogrullo, quien sufre semejante tristeza lo único que puede hacer es sufrirla. Sin embargo, esto no impide, de ningún modo, que quien se disponga a acompañar el proceso del duelo, desde un lugar profesional, establezca la evolución como horizonte. En principio, será sólo un objetivo del terapeuta. La incertidumbre forma parte del camino, igual que la confianza y la esperanza, activas y constantes. Lejos de una quimera que traiga soluciones mágicas, el trabajo del duelo, durante toda su resolución, es cotidiano, continuo, permanente. Igual que un pintor que ante la tela en blanco ve la imagen que aún no plasmó y, en los tres colores primarios de su paleta, la gama entera del arco iris, el terapeuta ve en el doliente la posibilidad de recuperación, acepta la perplejidad, el escepticismo y la desconfianza de quien está sufriendo y se dispone a transitar el camino.

La tarea de acompañamiento y apoyo se concreta, exclusivamente, cuando quien viene a pedir ayuda está dispuesto a aceptar el desafío que entraña atravesar un duelo, con todas sus implicancias. No se trata de "recuperarse", sino de "parirse": morimos con el ser amado que murió. Y resucitamos diferentes de como fuimos hasta entonces.

Luego de una pena devastadora se nace a una nueva realidad, distinta de la que fue antes de la pérdida. Alguien en pleno dolor afirma: "nunca voy a recuperar a quien perdí". Es cierto. La persona querida murió. No vuelve. La recuperación emocional no es redención ni trae a nadie de regreso a la vida. No se trata de recuperar al otro, sino de recuperarse a uno mismo. Cuando se pierde a alguien con quien estuvimos íntimamente unidos, la red que sostenía ese vínculo se rompe. Caemos al vacío. La recuperación emocional no emparcha la red que se rompió. La recuperación emocional ayuda, enseña a crear una red nueva que incluya el agujero de la ausencia.

Este libro ofrece también testimonios de sobrevivientes que atravesaron duelos. Esas palabras tienen más fuerza y valor que la mejor descripción teórica. Cada cita condensa la riqueza del trabajo conjunto que realizan el terapeuta y el doliente. La importancia de la palabra de los consultantes radica en la posibilidad de mostrar la tarea narrativa-creativa; allí se aprecia el proceso de duelo en plena marcha, el intento de encontrar respuestas a preguntas que surgen en la búsqueda de sentido y significado para la pérdida. Conformamos el equipo de trabajo con la licenciada Aída Zuzenberg y la doctora Alicia García. Las experiencias compartidas con la gente que nos consulta inspiran nuestro trabajo cotidiano.

 

Este libro cuenta con la asesoría literaria de Paula Margules.

Mi agradecimiento a la confianza de todos los que apoyaron esta obra; con su participación me enseñan, me nutren, me estimulan. Y un reconocimiento especial al doctor Robert Neimeyer, referente importante de mi modelo de trabajo del duelo y, también, de esta obra.

Dolor agudo, desolación, incertidumbre. Y el grito. Alguien arranca la flor que creció en una grieta del cemento. Alguien riega esa misma flor y la contempla desde la ventana. Alguien arranca la flor y la tira en la esquina. Alguien pisa la flor. Alguien arranca la flor del muro y la pone en agua. Alguien levanta la flor, sopla los pétalos, le sacude el polvo y la pone en un florero con agua, cerca de la ventana.

Alguien. Y la flor.

Es hora de hablar del duelo.

 

Diana Liberman

 

Índice

  • Prólogo

  • Introducción.

  • Ante el dolor del duelo, ¿qué hacer?.12

  • Es hora de hablar del duelo.15

  • A pesar de todo. 16

  • Nuestra visión del duelo. 18

  • Duelo y resiliencia. 25

  • Del dolor al desafío. 26

  • Tipos de muerte. 37

  • Muerte imprevista. 37

  • Muerte súbita infantil 39

  • Abortos. 40

  • Suicidios. 40

  • El duelo y sus tiempos. 45

  • Duelo normal 51

  • Manifestaciones típicas. 56

  • ¿Cuándo se complica un duelo?. 63

  • Duelo anticipado. 72

  • La familia en duelo. 75

  • Viudez. 83

  • La pérdida de un hijo. 89

  • Muerte perinatal 93

  • Abortos espontáneos. 102

  • El duelo y la pareja. 105

  • Disparidad en el duelo. 107

  • La pérdida de un nieto. 109

  • ¿Cómo ayudar a los abuelos y a los padres en duelo?. 110

  • La muerte vivida por los niños. 112

  • La muerte vivida por los hermanos. 115

  • ¿Cómo ayudar a un niño en duelo?. 117

  • Adolescentes en duelo. 119

  • Sugerencias para padres de adolescentes en duelo. 123

  • Derechos del adolescente en duelo. 124

  • Mitos alrededor del duelo y verdades latentes. 126

  • Rituales del duelo. 132

  • Bibliografía  146

 

Capítulo 1

Ante el dolor del duelo, ¿qué hacer?

 

 

En ninguna otra situación como el duelo el dolor es total; es un dolor biológico (duele el cuerpo); psicológico (duele la personalidad); social (duele la sociedad y su forma de ser); familiar (nos duele el dolor de los otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y, especialmente, el futuro.

 

       Toda la vida, en su conjunto, duele.

J. Montoya Caraquilla

 

Duelo, del latín duelum, significa dolor. Y también significa desafío. El dolor del duelo no se parece a ningún otro. Y no hay forma de evadirlo: ni al dolor ni al duelo. Y esta inexorabilidad es, precisamente, el punto de partida de cualquier elaboración funcional y posterior recuperación.

Es imposible evitar el dolor del duelo; el asunto es ¿qué se hace con ese dolor?

La persona que sufre una pérdida puede quedarse anclada en su pena, en su impotencia, en su rabia. O puede trabajar ese dolor, esa impotencia y esa rabia hasta aprender a seguir la vida de la manera más creativa posible. La cicatriz de la pérdida es tan ineludible como el dolor. Vivir con heridas abiertas, expuestas a toda clase de albures, multiplica los riesgos y complica, cada día más, el estado de salud. Curar esas heridas y aprender a vivir con las cicatrices, a pesar de ellas, es un camino hacia una existencia más plena.

En estos términos, la pérdida amplía su acepción: no sólo se refiere a la muerte de una persona querida, sino también a la privación, al quiebre, de un vínculo importante.

El nadador avanza tranquilo por la mitad del río hasta que un torbellino lo imanta hacia abajo, lo arrastra, lo da vuelta, lo hunde. El nadador insiste en su avance, pretende ignorar la fuerza que lo empuja, contrarrestarla, bracea con todas sus fuerzas, patea con intensa energía para llegar a la superficie. Lo logra. Y nada un trecho más hasta que una ola lo da vuelta, lo tira a un costado, lo hunde. El nadador insiste en contra de la corriente. Otra ola enorme lo tapa, lo da vuelta, lo hunde. Otra vez. Y otra. Y otra. El nadador, agotado, se asocia a los movimientos del agua, se deja llevar, flota al ritmo de las sacudidas hasta que una ola comprensiva lo lleva a la costa.

La pérdida, como mínimo, nos deja en estado de confusión. Transitar el duelo en todas sus etapas, y en todos sus aspectos, es el puente más saludable para llegar a la otra orilla.

En nuestra sociedad occidental, globalizada y contradictoria, la muerte sigue siendo un tema tabú como en el pasado lo fue el sexo. Esta frontera adopta diversas formas, en el lenguaje, por ejemplo: se llama jardines a los cementerios.

Otro límite es el silencio. Mutis que se esparce en distintos ámbitos: nos falta preparación para el duelo. En ningún ciclo de la educación formal se aborda la pérdida ni el duelo. La Muerte, así con mayúscula, se esconde bajo tierra; se tira al fondo del mar.

Otra máscara es la indiferencia: hacer como si nada hubiese sucedido y volver cuanto antes a la hipotética "normalidad". ¿De qué se trata esa "normalidad"? No hay respuesta. Al menos no hay una única respuesta. Sin embargo, muchas personas se empeñan en continuar como si la vida estuviese en las mismas condiciones en las que estaba antes de la pérdida. Hubo despojo; hubo implosión; hubo un íntimo terremoto. Nada es igual. ¿Cuánto tiempo se puede simular? ¿Durante cuánto tiempo se puede sostener la máscara? Y, ¿para qué?

La pérdida irrumpe en la vida cotidiana. A partir de ese momento ya nada es igual.

Superado el primer impacto comienza una carrera de obstáculos para encontrar un nuevo sentido a la vida, que se volvió caótica.

La pérdida implica un desafío constante: su superación. La complicación de un duelo está íntimamente vinculada a las posibilidades o características propias del doliente. En nuestra experiencia de trabajo, vemos que resulta mucho más difícil construir una nueva realidad, y darle sentido, para quienes tienen débil autoestima y/o vínculos ambivalentes.

El duelo es un suceso natural y es además una construcción. La respuesta a la pérdida surge tanto del plano simbólico como del biológico, y esa contestación también le da cierto marco a las distintas separaciones que fuimos atravesando durante la existencia, que dejaron cambios en la identidad personal y colectiva. A la vez, la conducta de los duelos previos influye en el modo de afrontar el siguiente duelo significativo.

Desde el punto de vista sociológico, dentro de un marco comunitario y cultural, la respuesta a la disrupción de las presunciones personales está relacionada con la calidad de los vínculos significativos y la autoestima; un proceso de duelo con complicaciones puede deteriorar la salud física y mental hasta el punto de necesitar una intervención médica.

Buscamos algún sentido en la pérdida y tratamos de construir un mundo coherente que preserve cierta continuidad. Para nuestra cultura occidental, el duelo es la respuesta natural a la pérdida profunda caracterizada por una serie de síntomas, estadios y desafíos presumiblemente universales.

El proceso del duelo también se explica desde diferentes enfoques:

~ Biológico: plantea el duelo como un hecho estresante, privado, individual, alejado del ámbito social.

~ Antropológico: liga al duelo a creencias y mitos culturales acerca de la muerte. Esta interpretación se transmite de generación en generación.

Social: considera liturgias religiosas y laicas que contienen y apoyan la situación del duelo.

 

En la sociedad pluralista, se mezclan estas tres miradas y se crean múltiples combinaciones.

La pérdida por muerte de una relación íntima de apego plantea profundos desafíos. Desde el punto de vista biológico y como evolucionada herencia compartida con otros animales, las personas respondemos a la separación de un vínculo significativo con una serie de reacciones típicas: llanto, desorientación, desconcierto, impotencia; además del anhelo de recuperar la figura de apego (Bowlby, 1993). Estas conductas suelen asociarse a síntomas fisiológicos: respiración entrecortada, taquicardia, sequedad en la boca, frecuencia urinaria, sudoración, disturbios digestivos, sensaciones de ahogo. También pueden presentarse tensión muscular e insomnio como reacciones a la separación que provoca la pérdida. Son conductas propias del duelo que en la mayoría de los casos se superan a medida que avanza la recuperación emocional, aunque durante el primer año algunas personas tienen más dificultad para sobreponerse de ciertos disturbios neuroendócrinos, trastornos del sueño, ansiedad o pánico.

La fuerza esencial hace que la muerte aflore, que suba a la superficie y se manifieste como parte inevitable de la vida; lleva a la ineludible valoración, revaloración, reconstrucción de significados.

 

ES HORA DE HABLAR DEL DUELO

 

Tal vez como lógica consecuencia del vacío que deja la pérdida o porque la oquedad no es tal y tiene su propio idioma, algunas personas dejan de lado el trabajo del duelo. Si el dolor no se expresa, no se canaliza, no se trabaja de alguna manera, lejos de disipársele enquista y se manifiesta a través del cuerpo. El cuerpo es nuestra caja de resonancia; todo lo que nos sucede se marca, se imprime, deja huella en el cuerpo. A veces, los síntomas son leves; otras, resultan serios voceros de situaciones difíciles.

Algunas personas tienen dificultades para elaborar su pena y transformarla en amor, en un legado o en otra acción más positiva para seguir la vida, que incluso, a su pesar, continúa. Entonces aparecen duelos complicados, vidas entregadas al dolor, a la desdicha, al sufrimiento. Son respuestas al amor que se sentía por la persona perdida. El trabajo del duelo implica construir un vínculo con ese amor por quien está ausente y aprender a mantener vivo ese amor sin anular la propia existencia; aprender que la fidelidad hacia el amor por la persona perdida no implica anular, opacar ni paralizar la propia vida.

La muerte es un ataque directo a nuestra omnipotencia (condición humana), nos deja incapaces ante el despojo. Y como no podemos hacer nada, pretendemos, nos ilusionamos, suponemos que el mero paso del tiempo, por sí solo, limpiará el dolor como si se tratara de algún feo aroma que se evapora.

La pérdida cuestiona todos nuestros significados y valores. El duelo ofrece la posibilidad de construir un nuevo universo personal, con nuevas significaciones y nuevas perspectivas.

En lugar de instalarse en tareas que alejen de las emociones, resulta mucho más saludable mantenerse ocupado en actividades que ofrezcan espacio para transformar el dolor en amor, un amor distinto del que se vivió hasta ese momento; un amor que permite mantener vivo el recuerdo y crear un nuevo vínculo, con pasión, compasión.

Contar la historia: relatar una biografía, escribir cartas o crear un álbum de fotos son algunas posibilidades que ayudan en esta etapa.

El tratamiento de recuperación emocional de la pérdida es provocador. El terapeuta no crea la angustia, sino que abre los conductos para drenar la herida y evitar la infección. El doliente toma genuino contacto con su dolor y con las emociones que su pena le provoca. El profesional acompaña el trayecto, en todos sus altibajos, hasta que la herida cicatriza. Recién entonces la vida continúa.

 

A PESAR DE TODO

 

Cada duelo es distinto. Cada pérdida es diferente. Cada doliente reacciona a su modo, como puede. Y esa respuesta también varía según la competencia para tratar con la adversidad; a esto llamamos resiliencia. El duelo femenino se

diferencia del masculino; el duelo de un hijo es distinto al de un padre; el duelo de un amigo tiene otras características que la pena por perder la pareja. Y estas diferencias también se relacionan con la manera con la que cada doliente se inserta en la sociedad; y con el rol que esa sociedad le asigna.

En el carácter personal, íntimo, privado, del duelo, hay un trabajo de recuperación de todos aquellos aspectos queridos, entrañables, que se perdieron, y también hay un aspecto público que ofrece reconocer en otra persona a alguien que puede acompañar, ayudar, sostener. En algún modo, reparar. Los recuerdos encuentran así un buen espacio para abrir las emociones y expresarlas en un marco comprensivo que acepta de buen grado esa apertura. Y responde en consecuencia.

Ante la pérdida hay varios caminos posibles: volver al estado anterior y seguir la vida como si no hubiera sucedido nada, resolver la ausencia de manera disfuncional o, a partir de la pérdida, después del aullido, volver a construirse, parirse a uno mismo en nuevos caminos de crecimiento.

Duelo. Duelum. Dolor.

Y desafío.