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Publicaciones y Entrevistas

A Diana Liberman

 

El dolor, a veces, tiene poder curativo

Con la amenaza constante del borrón, la negación, el ocultamiento y los malentendidos, el duelo resiste, firme, en un mundo donde cuesta animarse a trabajar con el propio sufrimiento y entender que la pérdida es mayor cuando no se nombra. El proceso que se inicia con la muerte de un ser querido constituye el cable de conexión más directo con la propia finitud. El duelo no es una enfermedad, pero duele hasta las entrañas. Cíclico -algunos días se está bien, otros mal-, resulta más tolerable cuando se comparte con pares o con seres queridos.

El duelo es diferente en cada caso, pero el ser humano siempre deberá lidiar -según explican las licenciadas Silvia Alper y Diana Liberman, del Centro Especializado en Terapia de Pérdidas (Cetepe), miembro de la Association for Death Education and Counseling (Adec)- con esta idea: "La muerte se lleva lo que no hubo, porque la historia que construimos con la persona que físicamente ya no está siempre queda."

Sueños robados

En un mundo que corre, tapa, reemplaza (se murió el perrito, compremos otro), las frases hechas están a la orden del día: El tiempo cura todo ; Que los chicos no te vean ; Mi abuelito me mira desde el cielo; Mi papá se fue de viaje; Y bueno, vivió mucho y bien, ¿qué más se podía esperar?

Sin embargo, "el tiempo cura las heridas, si en ese lapso una persona trabaja para recuperarse; los chicos deben saber que un adulto sufre por el dolor de una pérdida; hay que tener cuidado con las respuestas como la relacionada con el abuelito y el cielo porque esa mirada puede convertirse en persecutoria; lo mismo con la idea del viaje, porque un niño puede estar pendiente del regreso -dicen las psicólogas-. Además, la muerte siempre duele, y no sirve pensar que un ser querido ha vivido muchos años para consolarse".

Por definición, el duelo es "un proceso psicológico normal que se pone en marcha frente a una pérdida, entendiendo ésta no sólo como la muerte de un ser querido, sino como la ruptura de un equilibrio que se produce ante la desaparición de un vínculo, una situación o un objeto que nos fortalece y que amamos".

Esta nueva situación crea "una sensación de caos. Causa malestar físico (dolor abdominal, de cabeza, opresión en el pecho), cognitivo, emocional y espiritual. Nos roba los sueños. Lo que creíamos ayer, hoy no se sostiene. Mientras el mundo externo sigue, el propio se detiene", describe Alper.

Pero lo que no debe detenerse es la tristeza, el enojo, la ansiedad que provoca la pérdida: "Llorar es bueno, y la ansiedad mal manejada se enquista. Un 30% de los duelos no resueltos termina en ataques de pánico", dice Alper.

¿Qué significa resolver? El camino del duelo tiene etapas: "En la primera, se trata de aceptar la pérdida: el otro ya no está físicamente. Luego, aparecen diferentes emociones: bronca, impotencia, ansiedad y miedo -relata Liberman, que con su colega trabaja con grupos de personas en duelo-. En una tercera etapa, se piensa en cómo hacer las cosas que hacía la persona que ya no está (por ejemplo, las tareas que tenía asignadas en la pareja) y, si se logra, su autoestima crece. La última etapa es la de la aceptación de que el otro no va a volver. Aparece la posibilidad de colocarlo en un lugar interno y de hacer proyectos con la vida y los vivos".

"La resolución del duelo no tiene que ver con despedirse, sino con modificar la relación con el otro encontrando para él un espacio en el corazón -aclaran las psicólogas-. El duelo es complicado cuando la muerte no se acepta y la vida se vive como si el otro continuara vivo".

Con respecto a los niños, "hay que decirles una verdad que puedan escuchar. No es bueno evitar el tema ni llenarlo con ideas como la del viaje, que nada tienen que ver con la realidad". El problema es que, en nuestra cultura, "no hay un acercamiento al tema de la muerte desde la escuela. Ni padres ni maestros saben cómo explicarlo y muchos chicos presentan síntomas que luego desembocan en enfermedades o accidentes porque los mayores tratan de esfumar el dolor pensando que así los benefician".

Ciertos rituales ayudan a sobrellevar el duelo: "Tres chicos de una escuela fallecieron en un accidente. Trabajamos con sus compañeros y decidimos plantar un roble, como homenaje; también armamos una caja en la que se guardaron recuerdos", cuenta Liberman. Tener a mano una foto con la imagen de la persona que ya no está, y dirigirse a ella con la mirada o la palabra es otro de los rituales que pueden proporcionar alivio.

"Hay que escapar de dos mandatos sociales: la presión para descartar el sufrimiento (mensaje que suelen recibir los deudos), y la propuesta casi maníaca de tener que salir y divertirse porque, al fin y al cabo, La vida es tan corta.. ."

Dijo Sigmund Freud a comienzos del siglo pasado: "La única manera de olvidar es recordar". En otras palabras: la única manera de salir del duelo es entrando en él.

Por Valeria Schapira para La Nación

 

 Del dolor al amor

Atravesar el duelo

La muerte de alguien a quien amamos es uno de los momentos más duros de nuestra vida; pero curar las heridas no solo es posible, sino que es el camino hacia una existencia más plena. 

«¿Por qué a mí?”. “Creo que no fui tan mala persona como para que la vida me haga esto”. “Él merecía seguir viviendo”. “¿Por qué tuvo que morirse?”. “El dolor es insoportable”. “No voy a poder seguir viviendo sin él”. “Ya no me importa nada más”. “Nunca más voy a ser la misma”.  “Siento bronca, impotencia, tristeza”. “Necesito verlo, abrazarlo, al menos por última vez…”.

Algunas entendemos el significado de estas palabras. Otras habremos oído a alguien cercano a nosotras pronunciarlas. Son muy duras, muy tristes… Es que el dolor por la muerte de un marido, de una mujer, de un hijo, de un padre, de un hermano o de una amiga íntima nos destruye, nos parte en dos. Dicen todos los que han perdido a alguien muy querido que la muerte los hunde en una tristeza tan profunda que es casi imposible describirla con palabras… Les duele el cuerpo, les duele el alma; no hay nada ni nadie en que puedan encontrar consuelo.

La muerte de un ser querido debe de ser uno de los momentos más  dolorosos a los que puede enfrentarse una persona en su vida. Muchos dicen que es como si el mundo se oscureciera, como si su vida se apagara, y en medio de la más triste oscuridad, es muy difícil tener una mirada esperanzadora para darse cuenta de que hay luz al final del camino. Pero sí la hay; y eso es lo que intentaremos que nos cuenten los especialistas en  esta nota. “Cada muerte de alguien que amamos es también nuestra propia muerte –dice la psicóloga Diana Liberman–; morimos con quien amamos y resucitamos como sobrevivientes”.

 

El duelo es un proceso y, aunque nos duela terriblemente, hay que atravesarlo. Podemos evitar el duelo, negarlo o huir de él, pero los especialistas coinciden en que para renacer hay que enfrentarlo, vivirlo y atravesarlo.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto enfrentar este proceso? Cuando duele, duele… Pero una mejor comprensión de lo que se está viviendo puede ayudar, aunque sea levemente, a sobrellevarlo”.

Y a los miedos frente a lo desconocido se suma la idea, equivocada, de que hacer el duelo equivale a olvidarse de esa persona que tanto amamos, cuando, en realidad, es todo lo contrario: el duelo nos lleva a hacerla cada vez más nuestra, a que se instale en nuestro corazón para siempre. Así lo explica Fauré: “El duelo es la garantía de que no volverás a perder al ser querido. En efecto, con el trabajo de duelo creas las condiciones para acogerlo permanentemente en ti. Esa persona estará siempre contigo. El duelo es la garantía de que no olvidaremos”.

Otro de los problemas con los que nos encontramos es que las sociedades modernas han ido perdiendo varios ritos que son fundamentales para despedirse de los seres queridos, según las autoras de Salir del duelo: “Antes teníamos ritos reparadores de la separación y del duelo: los padres, amigos o vecinos acudían a velar al muerto y a decirle adiós (…) Luego había ocasiones de reunirse, en buena convivencia; una comida familiar, un simple almuerzo en la casa o un café cerca del cementerio. Se trataba de un momento importante que permitía recuperar las fuerzas para no irse del lugar solo, embargado de tristeza. Se elogiaba al difunto, se visitaba a los deudos, se enviaban cartas de condolencia y agradecimiento, se cumplían los tiempos del luto y tenían lugar misas de aniversario. Se hablaba del que ya no estaba, se recordaban los buenos momentos pasados junto con esa persona …”.

Schützemberger y Bissone Jeufroy explican que ese hecho de compartir con los demás, de estar juntos, rodeados de la gente que nos quiere, puede aliviar la tensión del adiós y traernos algún tipo de consuelo. Además, Diana Liberman, la directora del Centro de Recuperación Emocional de la Pérdida, Duelum, y autora del libro Es hora de hablar del duelo, dice que los funerales honran la memoria de quien murió y reafirman los vínculos entre los sobrevivientes: “El funeral permite que los deudos se enfrenten con la realidad y la contundencia de la pérdida. Además, ofrece la oportunidad para expresar públicamente el dolor y la gratitud”.

 

Los tiempos del duelo

Hay tantos duelos como personas existen y como circunstancias en las que el ser querido haya muerto. No es lo mismo el duelo por la muerte de un hijo que por la muerte de un marido; tampoco es lo mismo llorar a una persona de la que hemos podido irnos despidiendo durante el transcurso de una larga enfermedad, que de una que ha muerto de manera repentina y no nos dio tiempo de reaccionar.

Tampoco es igual el duelo de una persona que tiene una visión trascendente, y que ve a la muerte como el paso hacia otra vida, que el duelo de una persona que cree que la muerte es el fin de la existencia. “Si entendemos a la muerte como parte de la vida, no hay espacio para despedidas –explica Liberman–. Ausencia y presencia se transforman en caminos de ida y vuelta: de la presencia a la ausencia; de la ausencia a una presencia distinta, sin cuerpo tangible, solo íntimo encuentro. No se trata de un corte definitivo, sino de un hondo cambio de estado, una profunda modificación del vínculo”.

Aunque cada persona siente y vive el duelo de diferente manera, Schützenberger y Bissone Jeufroy coinciden en que pueden reconocerse algunas etapas, que no se cumplen necesariamente en todos los casos ni con los mismos tiempos:

• Shock y parálisis: La pérdida inesperada (por ejemplo, la causada por un accidente, un asesinato o una muerte súbita) deja a las personas como inmovilizadas, anestesiadas, con los músculos contraídos.

• Negación y rechazo: “No puede estar muerto, no es verdad” y frases como estas son las que dicen las personas que no pueden o no quieren ver o reconocer la muerte de un ser querido.

• Enojo y rebelión: El o los deudos necesitan un chivo expiatorio: los médicos, la Justicia, Dios o la vida, entre otros, son responsables por la muerte. Dicen cosas como: “No es justo”, “Esto es inaceptable” o “No me lo merezco”.

• Miedo y depresión: Hacer el duelo implica sentir un miedo puntual o una angustia generalizada, como un sentimiento de abandono o de incapacidad para enfrentar el hecho. El mundo cambia; y cambia la situación personal del sobreviviente.

• Tristeza: La etapa de la tristeza es decisiva, aunque difícil de vivir. Además, son pocas las personas del entorno que suelen aceptar al que está triste. La tristeza es molesta, incómoda, cansadora, para los demás. Aunque dolorosa, es importante vivir la pena hasta el final, porque permite asumir que la pérdida es definitiva. Es entonces cuando comienza el ascenso en la curva del duelo.

• Aceptación: La aceptación no es resignación, sino progresión; es atravesar un umbral nuevo y totalmente desconocido. La aceptación es la puerta de salida del duelo.

 

Ni negar, ni perpetuarse en el dolor

Los especialistas están de acuerdo en que si bien es importante darse un tiempo y un espacio para llorar, también lo es pasar a la acción y no quedarse hundido en la tristeza. Por eso, pasado un tiempo, hay que volver al trabajo o a retomar las actividades de antes.

Ninguno de los dos extremos es bueno. Tapar el dolor con trabajo es equivalente a negar el duelo y disociarse; e instalarse eternamente en el llanto y la pena es tomar la decisión de no salir adelante.   

 

Salir adelante

Del dolor no se sale solo, sino que es muy importante aceptar la ayuda y el amor que nos pueden dar quienes nos quieren, buscar formas creativas de superar el dolor, y procurar apoyo terapéutico y espiritual.

También se pueden empezar nuevas tareas, lo que algunos llaman “laborterapia”. O buscar  actividades que nos permitan nutrir nuestra alma y nuestro cuerpo, como yoga, gimnasia, labores manuales o grupos de voluntariado.

Diana Liberman recomienda seguir la vida de la manera más creativa posible: “En lugar de instalarse en tareas que alejen de las emociones, resulta mucho más saludable mantenerse ocupado en actividades que ofrezcan espacio para transformar el dolor en amor (…) Contar la historia (de la persona que ya no está o la propia), relatar una biografía o crear un álbum de fotos son algunas posibilidades que ayudan en esta etapa”.

Así, si nos permitimos transitar el dolor respetando nuestros tiempos y nuestra tristeza, si empezamos a aceptar la muerte del otro, si entendemos que siempre lo tendremos cerca, y nos proponemos salir adelante, iremos acercándonos cada vez más a esa luz que está al final del túnel. Y un día nos daremos cuenta de que hemos podido renacer y que hay una vida distinta después del duelo.

“Si amamos a alguien con sinceridad, si alguien fue significativo en nuestra vida, si alguien nos importó, la muerte no borra aquello que esa persona despertó en nosotros –dice Diana Liberman–. El recuerdo es la única posibilidad de mantener viva la memoria. Y el amor”.

 

¿Qué podemos hacer?

  • Cuidar la salud física. Quienes están angustiados y perturbados por el dolor pueden caerse, lastimarse y tener accidentes con mayor frecuencia. Además, también es bueno hacer terapia o buscar un consejero para poder acompañarse durante esta etapa.

  • Crearse una red de apoyo. Es importante que familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo puedan acompañar al que sufre y sostenerlo, con visitas o llamadas, incluso bastante tiempo después de la pérdida.

  • Crearse rituales que tengan significado. Nuestra cultura tiende a borrar cada vez más los rituales, pero hay que crear ceremonias reparadoras (como hacer un proyecto de arte en memoria), que permiten decir adiós de una manera significativa y personal.

  • Involucrarse a largo plazo en actividades que sirvan para nutrir el alma. Hacer algo artístico o aprender un idioma, entre otras. El trabajo formal no está incluido en este tipo de actividades, porque se corre el riesgo de evadirse o extenuarse trabajando.

  • Soltar amarras a través de una carta u otra forma de despedida personal. “Una creencia tibetana enseña que estamos vinculados al cielo por una cuerda de plata que hay que soltar  para que el difunto sea libre de subir hacia la luz”, dicen las autoras. “Este trabajo de ‘soltar amarras’ es importante para poder salir del duelo”.

  • Combatir  “las noches terribles”. El insomnio y los pensamientos recurrentes y dolorosos son parte del duelo. Asegurarse un buen descanso es fundamental.

 

Los que acompañan

  • No dar consejos que el otro no pidió. Evitar las frases hechas, como “Ya lo vas a superar” o “El tiempo cura todas las heridas”. Es mejor una compañía silenciosa.

  • Ayudar al otro sin extenuarse. Es importante dejar que el otro sea autónomo en sus decisiones. No hay que suponer que uno sabe mejor “lo que le hace bien”.

  • Abrazar y cualquier gesto de amor que podamos tener con la persona que está sufriendo.

https://www.sophiaonline.com.ar/del-dolor-al-amor/ 

 

Es hora de hablar del duelo

Diana Liberman es  Psicoterapeuta dedicada a la Educacion y el Counseling en Duelo.

Docente y Entranamiento a profesionales de la Salud Mental. Coordinadora de grupos de apoyo en Duelo.

Asesora de Educación en Duelo a Instituciones Funerarias, Docentes y Empresas. Coordinadora y en breve brindará un Seminario Internacional sobre Pérdida, Depresión y Duelo Complicado en la Familia.

Entrevistada por EL PUEBLO nos dió a conocer aspectos de su libro “Es hora de hablar del Duelo”.

La vida transcurre con todos sus condimentos hasta que, en algún momento, acaece la muerte. Entonces, el impacto y la confusión. El piso desaparece; el cuerpo se vuelve jaula vacía; el tiempo se rige por relojes extraños, ajenos, inasibles. Mientras tanto la cotidianidad, implacable, irrumpe, estorba, continúa.

Y aunque se despliegue la más intensa acción y se cubran todos los espacios, aunque no quede ningún resquicio libre que tiente al encuentro con la pena, o así se instale la más honda tristeza y la existencia se vuelva puro llanto, pura angustia, pura parálisis, es hora de hablar del duelo.

-¿Cómo se plantea el duelo en el ser humano?

-”Ante el dolor surgen preguntas: ¿Por qué?, ¿Por qué a mí?, ¿Por qué ahora? La pregunta que suele demorarse es: ¿Por qué no? Dilucidar respuestas puede ser un enorme esfuerzo, inútil. Más allá de supuestas inferencias, el asunto es qué se hace con aquellas situaciones que dejan la muerte, que plantean la vida.

Nuestra cultura occidental evita la muerte: los cementerios son parques; los velatorios, salas; la ausencia, un viaje. Evitar la muerte es negar un aspecto de la vida. También por eso: es hora de hablar del duelo”.

 – ¿Cómo comenzó su historia profesional?

-”En 1978, comencé el camino como psicoanalista de niños. Luego de un lustro de trabajo, en 1983, cursé durante cuatro años la escuela de Psicoterapia para Graduados. Después de terminar ese ciclo, habiendo ya sistematizado mis conocimientos psicoanalíticos, descubrí que la búsqueda aún continuaba viva, latente, inexorable”.

 – ¿Qué balance hace de su trabajo con niños?

-”El trabajo con niños me enseñó la importancia de abordar la familia. Entonces comencé la formación en Terapia Familiar Sistémica. En 1994, viajé al Mental Research Institute, en Palo Alto, California, Estados Unidos. Allí hice el Curso de Terapia Breve y conocí a Paul Watzlawick. Se abrió una nueva y fructífera etapa como psicoterapeuta.

En 1997, y durante un año y medio, en la Comunidad Bet El, gracias al apoyo del rabino Mario Rojzman y a su confianza en nuestra experiencia profesional, junto a la licenciada Silvia Alper, hicimos la investigación que se llamó Proyecto Ezrah. Entrevistamos a un importante número de viudas que atravesaban procesos de duelo y a sus familias. A partir de esa información, diseñamos un modelo de abordaje del duelo, individual y grupal.

Luego la investigación se amplió a otro tipo de pérdidas. Fue un ciclo de seis años de trabajo conjunto, muy enriquecedor, que terminó a fines de 2002.

 – ¿Cómo nace su proyecto Duelum?

-”En marzo de 2003, en Buenos Aires, nació Duelum, Centro de Recuperación Emocional de la Pérdida. Lo fundé con dos objetivos precisos: ofrecer un camino hacia una recuperación saludable que permita crecer desde la profunda desazón del duelo a la construcción de un nuevo proyecto de vida. Y también proponer formación específica a aquellos profesionales que deciden asistir a personas en duelo.

Alguien sufre una pérdida significativa, siente que su mundo se derrumbó y sólo puede sufrir por su pena”.

 – ¿Cómo el ser humano se recupera ante el dolor?

-”Quien vive semejante situación no está en condiciones emocionales de escuchar alientos tales como «De aquí vas a salir fortalecido» o «A pesar de tu tristeza, este dolor te puede ayudar a crecer».

Decirle eso a quien está con sus heridas abiertas resulta, como mínimo, irrespetuoso. Aunque parezca una verdad de perogrullo, quien sufre semejante tristeza lo único que puede hacer es sufrirla.

Sin embargo, esto no impide, de ningún modo, que quien se disponga a acompañar el proceso del duelo, desde un lugar profesional, establezca la evolución como horizonte.

En principio, será sólo un objetivo del terapeuta. La incertidumbre forma parte del camino, igual que la confianza y la esperanza, activas y constantes. Lejos de una quimera que traiga soluciones mágicas, el trabajo del duelo, durante toda su resolución, es cotidiano, continuo, permanente. Igual que un pintor que ante la tela en blanco ve la imagen que aún no plasmó y, en los tres colores primarios de su paleta, la gama entera del arco iris, el terapeuta ve en el doliente la posibilidad de recuperación, acepta la perplejidad, el escepticismo y la desconfianza de quien está sufriendo y se dispone a transitar el camino”.

 – ¿Qué particularidades tiene la tarea de acompañamiento?

-”La tarea de acompañamiento y apoyo se concreta, exclusivamente, cuando quien viene a pedir ayuda está dispuesto a aceptar el desafío que entraña atravesar un duelo, con todas sus implicancias. No se trata de «recuperarse», sino de «parirse»: morimos con el ser amado que murió. Y resucitamos diferentes de como fuimos hasta entonces.

Luego de una pena devastadora se nace a una nueva realidad, distinta de la que fue antes de la pérdida. Alguien en pleno dolor afirma: «nunca voy a recuperar a quien perdí». Es cierto. La persona querida murió. No vuelve. La recuperación emocional no es redención ni trae a nadie de regreso a la vida. No se trata de recuperar al otro, sino de recuperarse a uno mismo. Cuando se pierde a alguien con quien estuvimos íntimamente unidos, la red que sostenía ese vínculo se rompe. Caemos al vacío. La recuperación emocional no emparcha la red que se rompió. La recuperación emocional ayuda, enseña a crear una red nueva que incluya el agujero de la ausencia”.

 – Cuéntenos sobre su libro“Es hora de hablar del Duelo”

-“Este libro ofrece también testimonios de sobrevivientes que atravesaron duelos. Esas palabras tienen más fuerza y valor que la mejor descripción teórica. Cada cita condensa la riqueza del trabajo conjunto que realizan el terapeuta y el doliente. La importancia de la palabra de los consultantes radica en la posibilidad de mostrar la tarea narrativa-creativa; allí se aprecia el proceso de duelo en plena marcha, el intento de encontrar respuestas a preguntas que surgen en la búsqueda de sentido y significado para la pérdida. Conformamos el equipo de trabajo con la licenciada Aída Zuzenberg y la doctora Alicia García. Las experiencias compartidas con la gente que nos consulta inspiran nuestro trabajo cotidiano”.

https://diarioelpueblo.com.uy/es-hora-de-hablar-de-duelo-la-psicoterapeuta-diana-liberman-nos-habla-de-su-libro/

 

 

Los mitos del duelo y la muerte

Duelo significa dolor. La pérdida de alguien querido es un golpe que siempre lastima, provoca una cicatriz ineludible y replantea las escasas certezas que alguien puede llegar a tener en la vida. Ocurre que nos enfrenta al mayor de los misterios, la Muerte. Sufrimos no sólo por el que ya no está, sino también por nosotros, por ese pedazo de identidad y proyectos en común que de repente desaparecen.

La muerte asusta, provoca rechazo y sigue siendo un tema tabú que preferimos eludir. Apelamos a todos los eufemismos imaginables para enfrentarla, a tal punto que preferimos llamar "jardín de paz" a un triste cementerio. “Ante el dolor de una muerte surgen preguntas ´¿por qué?´, ´¿por qué a mí?´, ´¿por qué ahora?´ Y el planteo que suele demorarse es ´¿por qué no?´”, explica la licenciada en psicología Diana Liberman en su último libro “Es hora de hablar de duelo”, en el que propone una nueva mirada en torno al dolor de la pérdida.

Especialista en técnicas de recuperación de duelo, Liberman plantea la necesidad de transformar el dolor de la muerte en amor a la vida, un proceso que para muchos puede parecer una verdadera utopía. Se trata de un camino plagado de desafíos, mandatos culturales y dificultades, entre ellos los numerosos mitos que aún persisten en torno al duelo y la muerte.

“Quien atraviesa un duelo – explica - necesita hablar acerca de su situación, necesita tener a quien contarle sus sentimientos y sus ideas. Y esta necesidad, concreta y tangible, difiere por completo del mito que sostiene que quien sufre una pérdida precisa retiro y aislamiento”.

Otra cuestión a considerar es que la cultura social suele reprimir la exteriorización del llanto y la tristeza. “La persona en duelo es una brasa caliente que pocos se animan a tocar. La falta de expresión del dolor deriva en enfermedad del cuerpo – trastornos de alimentación o del sueño, cambios de conducta y otras dolencias – por lo que sería importante que una persona pudiera llorar en público con la misma libertad con que ríe en cualquier situación. La fuerza de los mitos: ´los hombres no lloran´, ´tenés que ser fuerte´ son preconceptos de nulo beneficio y certero daño”, sostiene Liberman, fundadora del Primer Centro de Duelo en la Argentina y desde 2003 directora de Duelum, un Centro de Recuperación Emocional de la Pérdida.

Al respecto, algunos también plantean que si empiezan a llorar no pararán más o que si no lloran, están negando sus emociones. “Nada es taxativo – agrega - ni se aplica a todas las personas por igual. Las lágrimas son sanadoras, curativas, reparadoras. Pero, al mismo tiempo, la imposibilidad de llorar no implica insensibilidad ni desapego, y no debe vivirse con culpa. Cada uno expresa su pena de la manera que puede, que sabe. O que aprende”.

La pérdida de un ser querido modifica por completo el sentido de la existencia, por lo que apelar a frases como “la vida continúa, ya lo vas a superar” constituyen una verdadera agresión. “Las fórmulas que se repiten sólo por no saber qué otras palabras decir suelen ser vividas por el doliente como un navajazo en la cara”, afirma la autora de “Es hora de hablar de duelo”, el nuevo trabajo que presentará el próximo jueves en La Boutique del Libro.

Un mito muy común es suponer que las distracciones ocasionales pueden tener un efecto reparador. Todo lo contrario. “En lugar de consolar, perturban, molestan e irritan. Duelen”. Otra situación frecuente es suponer que llenarse de ocupaciones ayudará a superar la pena. Para la especialista, “si el dolor anula el deseo de acción es importante respetar esa voluntad y no hacer nada, al menos en los primeros tiempos”.

“Las imposiciones culturales – concluye - llevan a muchas personas a sentirse culpables o a sospechar acerca de su buena salud mental por hablar en voz alta con quien murió o sentir su presencia o creer verlo entre la multitud. Son conductas muy normales en los primeros tiempos después del impacto. Y es precisamente el desconocimiento acerca del proceso de duelo el que lleva a suponer que cualquiera de esas actitudes impulsa críticas, censuras y titubeos”.

https://www.perfil.com/noticias/sociedad/los-mitos-del-duelo-y-la-muerte-20070826-0012.phtml

 

 

Las mujeres y el duelo: cómo seguir después de una pérdida

El duelo es la reacción o el proceso emocional por el que atraviesa una persona ante la muerte de un ser querido. Y como la muerte, son situaciones naturales y esperables, para las que los seres humanos tenemos herramientas para salir adelante. “A lo largo de nuestra vida, y hasta que nos duelen a nosotros, tendremos que hacer el duelo por nuestros seres queridos”, apunta la psicóloga Mirta Dall’Occhio, directora del Centro de Estudio de Estrés y Ansiedad Hémera. “Si bien el período posterior a la pérdida es muy estresante, el aparato psíquico de los seres humanos está preparado para afrontar esas situaciones”, dice la especialista.

Diferentes formas de afrontar la pérdida

La manera en que una persona encara la pérdida de un ser querido varía de acuerdo a diversos factores. La edad y la personalidad previa de la persona que tiene que enfrentar la situación influirán en cómo ésta pase el duelo. “Aquellas que superan los 50 años tienen recursos de afrontamiento, ya que tienen una clara conciencia de su propia finitud y de la finitud de los otros, con lo cual, no indicaría que deban atravesar ese proceso de forma traumática”, afirma Dall’Occhio.

Esto también variará de acuerdo al factor sorpresa, es decir, si la persona tuvo tiempo de hacerse la idea o no de la posible muerte (en estos casos, no es lo mismo un accidente repentino que la conclusión de una larga enfermedad), y al grado de dependencia que tenía la mujer respecto de la persona que murió, ya sea económica como emocional.

En este sentido, es importante tener en cuenta que el lugar social de la mujer sola cambió. “Hace 100 años, la mirada social de la mujer estaba asociada directamente al hombre que estaba a su lado y la viuda era vista como una pobre mujer a la que había que acompañar. Sin embargo, hoy esto cambió y la muerte del cónyuge no necesariamente ocupará un lugar dramático en su vida, aunque sí de mucha tristeza”, indica Dall’Occhio.

Por otro lado, la licenciada Diana Liberman, coordinadora de Duelum, Centro de Recuperación Emocional de la Pérdida cree en la “importancia de aprender, no a cómo decir adiós, sino a desarrollar nuevos modos de vinculación con ése otro que ahora ya no está presente físicamente. Porque la vida continúa, aunque ya no sea igual que antes. La nueva vida incluirá la ausencia del ser querido, dicho de otro modo, será una vida en donde la ausencia pasará a ser una presencia”.

 

El tiempo y las formas del luto

El período de luto no se puede medir, ya que varía de persona a persona. “Es un proceso incierto, con altos y bajos. Tiene que ver mucho más con lo individual, dado que cada proceso es diferente según una serie de variables personales. La persona que está pasando por un momento de duelo tiene como tarea buscar un sentido y un significado a su pérdida, y esto es un camino individual y único. Se puede estar triste o enojado, pero también se entremezclan muchas otras emociones”, afirma Liberman. Sin embargo, es durante el primer año posterior a la muerte cuando la persona elabora esa pérdida. Como siempre, en este tiempo es importante el apoyo de la familia y la compañía del entorno.

El proceso de duelo tiene diferentes fases, aunque no siempre se producen en el mismo orden. Al comienzo, la persona se encuentra con el impacto ante la pérdida. Para Dall’Occhio, es el momento más estresante, cuando se da cuenta que perdió a un ser querido. Luego, puede experimentar enojo ante la nueva situación y también la necesidad de buscar “culpables”, por ejemplo, al pensar qué hubiera pasado si se hubiera cuidado más, si hubiera manejado más despacio o si lo hubiesen atendido antes. También, la persona puede tener una reacción de negación (“esto no puede estar pasando”) y sentimientos de profunda tristeza, ya que en su cotidianeidad no encuentra más a la persona que se fue. Luego, llega el momento de la aceptación de la realidad.

En este sentido, no se debe confundir duelo con depresión, el cual se da cuando la persona no puede superar la fase de aceptación. En este sentido, Dall’Occhio explica que “las personas pueden quedar trabadas en una fase del duelo y ahí es cuando se convierte en patológico. Por ejemplo, si es en la fase de depresión, podrá tener actitudes maníacas, o si es en la de enojo, quizás pueda estar furioso buscando culpables. Sin embargo, lo esperable es que los seres humanos podamos superar estas situaciones, ya que venimos equipados para afrontar las pérdidas”.

Liberman, por su parte, indica que “el duelo es algo que nosotros mismos hacemos, y no algo que se nos hace. El duelo me transforma en protagonista, es un proceso activo en dónde se ponen en juego mis propios recursos, de un modo especial y único. El desafío que impone justamente el duelo es encontrar un nuevo sentido en la vida a partir de la pérdida”.

https://www.clarin.com/entremujeres/vida-sana/psicologia/afrontar-perdida-enviudar_0_Hy7uA1cv7g.html

 

 

Los peligros de un corazón roto

No sólo es tema de poemas o canciones, sí es posible morir por la desolación que causa un corazón roto.

Un estudio científico afirma que la gente que sufre la pérdida de un ser querido tiene hasta 20% más riesgo de morir.

Según los investigadores de la Universidad de Utrecht, en Holanda, el dolor psicológico causado por una muerte cercana juega un papel muy importante.

Los expertos afirman que la gente que pierde a su pareja, por ejemplo, a menudo adopta hábitos poco saludables como una dieta insana o tabaquismo.

De hecho, afirma el estudio publicado en la revista médica The Lancet, para los viudos (hombres), el mayor riesgo de muerte está relacionado al consumo de alcohol y a la pérdida de su única confidente.

Esto se debe a que a menudo es la esposa quien llevaba el control del régimen de salud.

Para las viudas el panorama no es tan claro pero los investigadores creen que la intensa soledad y el dolor psicológico causado por la pérdida puede desempeñar un papel muy importante.

Estudios previos han demostrado que el dolor psicológico puede causar cambios físicos en el cuerpo, ya que las hormonas del estrés pueden trastornar los procesos del organismo.

"Este hecho es bastante común en gente muy mayor" dijo a BBC Ciencia la psicóloga Diana Liberman, fundadora del Centro de Recuperación Emocional de la Pérdida y autora del libro "Es hora de hablar del duelo".

"Con una persona que ha convivido durante 40 años o más con otra persona, es muy común que al poco tiempo de la pérdida aparezca una enfermedad o alguna muerte súbita", agrega la experta.

Duelo

Los científicos analizaron varios estudios publicados sobre los riesgos que puede sufrir una persona con el corazón roto.

El objetivo era analizar la relación entre la muerte de un ser querido y la salud física y mental.

Según los autores, el sufrimiento no es una enfermedad y la mayoría de la gente es capaz de ajustarse a éste sin intervención psicológica profesional.

 

Los hombres tienen mayor riesgo cuando sufren un "corazón roto".

Sin embargo, descubrieron que la pérdida un ser querido puede estar asociada a un mayor riesgo de mortalidad, particularmente en las primeras semanas y meses después de la muerte.

El estudio encontró que los hombres tenían 21% más probabilidad de morir después de la muerte de su esposa.

Las viudas mostraron 17% más riesgo de morir tras la pérdida del esposo.

Los hombres que pierden a la mujer también tienen tres veces más probabilidades de suicidarse.

Las viudas, sin embargo, no mostraron mayor riesgo de suicidarse.

Otro estudio publicado en 2003 muestra que los padres tienen un mayor riesgo de suicidio tras la muerte de un hijo.

Entre más joven es el hijo, el riesgo es mayor y es particularmente alto en los primeros 30 días de duelo.

Según Diana Liberman, también es común ver a personas que tienen que recuperarse de la pérdida de dos seres cercanos.

"Yo he trabajado con jóvenes que vienen a recuperarse de la muerte de una hermana, por ejemplo, y al poco tiempo pierden al padre", afirma.

Consecuencias

Los científicos afirman que este riesgo está asociado al menoscabo de la salud física, que se manifiesta en la presencia de síntomas y enfermedades, y a la reducción en el uso de los servicios médicos.

Los autores afirman que en el estudio encontraron patrones "consistentes".

Esto, afirman, permite llegar a la conclusión de que "la mortalidad por el sufrimiento causado por una pérdida puede atribuirse en gran parte al llamado "corazón roto".

Hay factores que incrementan la vulnerabilidad de una persona que sufre un corazón roto, explican los investigadores.

Por ejemplo, la circunstancias de la muerte, la forma de aceptar la pérdida y otros factores personales.

"Es por eso que cuando ocurre la muerte de un hijo -dice Diana Liberman- el padre debe tener un espacio y una posibilidad de hablar del duelo y de lo que perdió".

"Porque de lo contrario, esto tendrá como consecuencia una enfermedad física o una muerte súbita", explica la experta a BBC Ciencia.

Lo principal, dice Diana Liberman, es que la gente hable del dolor que siente o busque alguna intervención psicológica.

"Lo que complica el duelo y lo que puede llevar a la enfermedad o la muerte es no hablar del duelo".

"Está comprobado que poder hablar del duelo atenúa el dolor, calma y permite que la gente pueda lograr, si no una vida intacta, sí lo más parecido a una vida normal", afirma la experta.

Por María Elena Navas para BBC Ciencia

http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science/newsid_7136000/7136183.stm